Los puños de Lino Salvatore se movían con precisión al golpear el saco de boxeo con movimientos potentes y fluidos. Cada patada y puñetazo se ejecutaba con una gracia propia de la práctica. Con cada golpe, descargaba su ira, su frustración, su dolor y su estrés.
Cada vez que gritaba «¡Ah!», dejaba escapar la confusión sobre a quién ser leal: si a la mujer que llevaba a su hijo en su vientre o a su prometida. Su ceño estaba fruncido por la concentración, y el sudor brillaba en su piel. Algunas g