La alineación a menudo se trata como una meta.
Un estado donde los sistemas, las personas y las intenciones avanzan en la misma dirección.
Donde se reduce el desacuerdo.
Donde los resultados se sienten coherentes.
Previsible.
Manejable.
Pero en los sistemas que han aprendido a permanecer inacabados (sistemas moldeados por la duda, la interpretación y la adaptación continua), la alineación se vuelve algo más complicado.
No es un destino.
Una tensión.
Porque la alineación perfecta no pro