Pero antes de que sonara, alguien tocó a mi puerta.
—¿Quién es? —pregunté.
—Soy yo —respondió la voz de mi papá. Sonaba bastante molesto.
Fruncí el ceño, como presintiendo algo más profundo, y me levanté de inmediato. En cuanto abrí la puerta, entró con el rostro tan cargado de rabia que por un segundo me asustó. Mi madrastra venía justo detrás, muy pálida, preocupada, como si llevara un buen rato llorando. Se me hundió el estómago.
—¿Qué pasó? —pregunté, mirándolos a uno y a otro.
Mi papá