En cuanto entramos a la habitación, no esperó. Cerró la puerta de un portazo y me empujó sobre la cama como si ya estuviera harta de fingir.
Se subió encima de mí, con los ojos ardiendo.
—Me dejaste esperando en la cama —dijo, dando un paso al frente, con los dedos ya jugueteando con los botones de mi camisa—. Mientras tú andabas por ahí, riéndote con otra chica como si yo no estuviera allá arriba... necesitándote.
Se mordió el labio, con los ojos oscureciéndose mientras me empujaba de nuevo