POV DE LIANA
Ese día me encerré en mi habitación y me puse a llorar.
Luego, por la noche, cuando ya todos dormían, escuché que llamaban a mi puerta. Sabía de quién se podía tratar, así que no respondí.
No quería volver a escuchar su voz. No quería ver al hombre que no me prometía nada pero que, aun así, se las arreglaba para destrozar cada pedazo de mí.
—Liana —dijo.
Me quedé en silencio.
—Abre la puerta.
—¡Lárgate! —le espeté con rabia. No quería que escuchara el dolor en mi voz.
—Te necesito, Liana. Por favor... antes de que pierda la maldita cabeza —pidió, con la voz temblando de desesperación.
—¡Dije que te largues! —grité más fuerte.
Por un momento, dejé de escuchar su voz y pensé que se había marchado. No fue sino hasta que giró la perilla de mi puerta y esta se abrió que me di cuenta de que no se había ido.
—Killian. Por favor, solo vete —le rogué—. Solo vete.
Entró a mi habitación y caminó directo hacia mí. Me levanté de la cama e intenté empujarlo hacia fuera con todas las fuerzas que me quedaban, pero él era demasiado fuerte para mí.
—Ni se te ocurra —susurré mientras volvía a empujarlo—. Ni se te ocurra acercarte a mí.
Me sujetó de la muñeca y me jaló hacia él con un golpe seco pero suave, para luego estampar sus labios contra los míos.
Ahogué un grito. No, no, no. No debías hacer esto.
Luché contra él con las manos, pero su agarre sobre mí se intensificó a medida que profundizaba el beso, antes de soltarme y apoyar su frente contra la mía.
Me aparté de él y lo señalé con el dedo, furiosa.
—¡Tienes una prometida, Killian! —le grité—. ¡¿Cómo te atreves a besarme?!
Lo empujé lejos de mí.
—¡Vete! ¡Fuera de mi habitación!
Él no se movió. En su lugar, caminó hacia mi cama. Se quitó la camisa. Luego el cinturón. Después los pantalones, hasta quedar solo en ropa interior.
Me di la vuelta rápidamente, con el corazón dándome vuelcos en el pecho al notar la forma tan marcada a través de su bóxer. Mis manos apretaron mi ropa con fuerza.
—¿Qué estás haciendo? Esto no está bien.
No respondió.
—Estás comprometido. La trajiste aquí. Papá y mamá ya bendijeron su compromiso. Ella es perfecta. Es hermosa. ¿Por qué haces esto? ¿Por qué sigues viniendo a buscarme? ¿Acaso no dijiste la última vez que había sido un error?
No podía mirarlo. Mi cuerpo se estremecía de placer. Mi cerebro gritaba «no», pero mi cuerpo me estaba traicionando.
—Todavía soy joven... tengo diecinueve años, Killian. Fue un error, ya lo acepté. Estoy tratando de seguir adelante. Conocí a alguien. Alguien por quien estoy empezando a sentir cosas.
Gruñó y me jaló bruscamente hacia él. Pude ver la furia y la rabia en sus ojos. Tenía la mandíbula completamente tensa.
—Tú nunca vas a estar con nadie más —gruñó—. ¿Me oyes? Eres mía. Siempre serás mía.
Solté una risa amarga, apartándolo de mí.
—Estás delirando. ¿Tú tienes prometida y yo no puedo seguir con mi vida? ¿Qué más quieres de mí, eh? ¡¿Acaso no te lo he entregado ya todo?! ¡¿Por qué maldita sea no puedes dejarme en paz?!
Me miró fijamente. Pude ver distintas emociones cruzando por su mirada. Entonces me tomó la mano y la obligó a presionar su verga.
—Esto. Esto es lo que me provocas. Nadie más. Solo tú.
Retiré mi mano de un tirón.
—Deja que tu prometida haga eso por ti. Yo no. ¡Lárgate!
Me di la vuelta hacia la puerta e intenté abrirla, pero él me sujetó y me arrojó sobre la cama.
Antes de que pudiera reaccionar, se subió encima de mí. La expresión de su rostro era distinta a cualquier otra que le hubiera visto antes. Podía ver hambre. Obsesión. Posesividad.
Me inmovilizó y comenzó a romperme la ropa. Mi corazón latía desbocado entre el pánico y la necesidad. Sus dedos encontraron mi humedad.
Se detuvo un momento.
—¿Ves? Solo yo puedo ponerte así. Tu cuerpo sabe perfectamente a quién le pertenece.
—Detente. Por favor... —sollocé, pero mi cuerpo me traicionaba.
Sus dedos jugaron con mi centro. Se hundieron. Me frotaron mientras mis piernas temblaban y mi cuerpo rogaba ser tocado por él.
—Dilo —susurró contra mi cuello—. Di que me deseas.
—Sí... —exclamé, sin aliento y desesperada.
Entonces embistió. Una estocada profunda y posesiva que me robó el aliento.
Se movía con fuerza, rapidez y rudeza. Su mirada no se apartaba de la mía mientras me penetraba. Cerré los ojos, no quería mirarlo.
—Abre los ojos —ordenó.
Sacudí la cabeza y miré hacia otro lado.
—Liana. Abre los ojos. Mírame mientras te follo —insistió, y cuando no obedecí, me tomó del mentón para obligarme a mirarlo y se hundió aún más profundo dentro de mí, haciendo que abriera los ojos de par en par por la sorpresa mientras un jadeo escapaba de mis labios.
—Así está mejor —dijo, y luego estampó sus labios contra los míos para besarme hasta dejarme sin aliento.
—Cinco semanas —gruñó—. Cinco semanas sin ti. Sin esto. No tienes idea de lo que me costó.
Arremetió más profundo. Yo clavaba las uñas en las sábanas.
—Esta cosita es mía —gruñó—. Dilo.
—Es tuya... —sollocé.
—Di mi nombre.
—Killian. Por favor. Killian.
Mi orgasmo me atravesó como una tormenta y grité. Mis paredes se contrajeron con fuerza a su alrededor.
—Shh... que no se enteren —Me tapó la boca con la suya y me besó con rudeza mientras embestía con mayor intensidad.
Gimió, perdiendo por completo el control, y se vino dentro de mí otra vez. Se quedó bien adentro, disfrutando del final del espasmo.
Entonces todo terminó.
Se dejó caer sobre mí y luego rodó a un lado. Me atrajo hacia él y me besó el cabello.
—Eres tan dulce —dijo, restregando su nariz contra mi cabello y aspirando mi aroma.
—No te cases con ella —me descubrí diciendo mientras lo abrazaba con fuerza y plantaba un suave beso en su pecho desnudo—. Por favor. Quédate conmigo. Seré lo que quieras. Tu secreto. Tu amante. Solo... solo no te cases con ella.
Él se quedó en silencio.
—Killian. Tengo algo que decirte... —comencé, queriendo hablarle sobre el bebé.
Pero antes de que pudiera articular otra palabra, se levantó y se puso los pantalones. El sudor le corría por el pecho.
—Killian...
—No —me interrumpió—. No digas nada.
—Es... es importante...
—Nada es más importante ahora mismo que casarme con ella —sentenció.
—¿Por qué...? —pregunté, con la voz quebrada.
Me miró. Su expresión era gélida y distante. No quedaba ni el menor rastro de lo que acababa de pasar.
—No me preguntes por qué. No te va a gustar la respuesta.
Y acto seguido se marchó, dando un portazo. Me quedé allí acostada. Con las piernas abiertas. Con el cuerpo utilizado. Con el corazón hecho pedazos.
Las lágrimas me rodaban por la cara.
Me había usado. Otra vez.
¿Por qué se lo había permitido?
¿Por qué? ¿Por qué simplemente...?
A duras penas me arrastré hasta el baño y me froté la piel hasta dejarla al rojo vivo, pero el dolor entre mis piernas no desaparecía.
Me miré al espejo. Tenía los ojos rojos. Las manos me temblaban. Apoyé una palma trémula sobre mi vientre. Sobre esa suave curva que todavía no se notaba... pero que pronto lo haría.
Su bebé.
—Lo siento, mi amor —susurré, con la voz rota—. Tu madre es una completa tonta.
Más lágrimas me resbalaron por las mejillas, pero esta vez me las limpié.
No. No iba a permitir que esto siguiera sucediendo.
No iba a dejar que me usara cuando se le antojara.
Si me quedaba, dejaría que me destruyera de nuevo.
Pero si me marchaba, si desaparecía, no sería capaz de encontrarme.
Me sequé y regresé a mi habitación. Sentía el cuerpo adolorido y el corazón vacío, pero me moví de todos modos.
Abrí el armario, saqué un bolso de lona y comencé a empacar. Metí un poco de ropa, algo de dinero en efectivo y todo lo indispensable que necesitaba.
Tenía que huir. Tenía que marcharme.
Killian no me amaba. Estaba obsesionado con mi cuerpo, con tener el control, pero no conmigo.
Él no me quería.
Y definitivamente no iba a querer a este bebé.
¿Cómo iba a mirar a mi papá cuando se me empezara a notar el embarazo?
¿Cómo podría mirar a mi mamá a los ojos?
¿Cómo les diría que estaba esperando un hijo de Killian?
Esta familia quedaría destruida por culpa de nuestro error.
Papá se culparía a sí mismo. Mamá culparía a su hijo. La vida que habían construido... se vendría abajo.
Y yo no podía hacerles eso.
No. No. No podía seguir quedándome aquí. No de esta manera.
Tenía que irme.
Por mi bebé.
Por nuestro futuro.
Y así lo hice.
No me despedí.
No dejé ninguna carta.
Simplemente me fui.