El cielo se abrió en dos con un trueno.
Las alas de Artaxiel cubrieron el campo de batalla como un eclipse imposible, y las sombras que nacían de su cuerpo se extendieron por kilómetros, devorando el bosque, el fuego, la tierra.
Los clanes, antes divididos, se unieron en un mismo terror.
Kaelion cayó de rodillas, jadeando.
—Ese… ese no es un vampiro. ¡Es algo más antiguo!
Azereth, en cambio, lloraba de éxtasis, gritando plegarias.
—¡Nuestro señor! ¡El eterno ha regresado! ¡Someted vuestras vida