La noche había caído por completo, y el aire estaba cargado de un silencio pesado, apenas roto por el murmullo de las hojas meciéndose con el viento. Ciel estaba en la azotea del edificio más alto del campus, con Ian y Jordan a su lado. La ciudad se extendía frente a ellos, un mar de luces parpadeantes que parecía indiferente a la tormenta que se gestaba en su interior.
—Tienes que aprender a controlar esto —dijo Ian, su voz firme mientras observaba la marca carmesí en la muñeca de Ciel—. Cada