El helado ya estaba reducido a la mitad, pero cada vez sabía más dulce, quizá porque ahora mi respiración estaba más agitada y el frío contrastaba deliciosamente con el calor de mi boca. El chocolate derretido había dejado un rastro en mi muñeca, delgado, tibio, como una línea que me hacía cosquillas mientras bajaba.
Me incliné un poco más hacia adelante, apoyando una mano en el suelo para no perder el equilibrio, y lamí el costado del helado con una pasada larga, desde la base hasta la punta.