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Sigo.

Hubo un amanecer en el que ella se detuvo en la ventana más tiempo de lo habitual. La luz no era espectacular, no había nubes rosadas ni destellos perfectos, solo un sol tímido que iluminaba lentamente la ciudad. Pero algo en esa quietud la hizo respirar profundo. Sintió que podía quedarse así, solo observando, sin necesidad de ir a ningún lugar ni de hacer nada extraordinario. Ese silencio la abrazó más que cualquier palabra.

En el trabajo, la dinámica había cambiado de manera sutil pero constante. Antes se habría sentido agotada al notar que ciertos proyectos dependían del juicio de otros o de la presión de resultados inmediatos. Ahora, no. Aprendió a moverse con un sentido de prioridad que no era impuesto por nadie más que por ella misma. Cada decisión era calibrada: ¿esto alimenta mi propósito o me dispersa? Esa simple pregunta la guiaba y la liberaba.

Un compañero de oficina, notando su calma inusual, le preguntó:

—Pareces diferente. ¿Qué pasó?

Ella sonrió apenas
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