La señora Elisa parpadeó despacio, enfocando la figura de Alessandro. El imponente magnate dio dos pasos al frente, desabrochando el único botón de su saco antes de inclinarse ligeramente con una cortesía impecable.
—Es un honor conocerla al fin, señora —dijo Alessandro, extendiendo una mano firme que rodeó con delicadeza los dedos frágiles de la mujer—. Lamento no haber venido antes, pero le aseguro que los mejores especialistas de Nueva York ya están a cargo de su caso.
—Gracias... —susurró E