Me di la vuelta para esquivar su abrazo:
—Creí que te pasarías toda la noche con Sofía. Total, sigue siendo estudiante y no puede arreglárselas sin ti.
De repente, la luz del dormitorio se encendió, deslumbrándome. Alejandro se levantó de la cama con impaciencia:
—Valentina, ¿tienes que hablar siempre con ese tono tan irónico? Ya te lo he explicado mil veces: a Sofía la veo como una hermana. Entre ella y yo no hay nada.
No dije nada. Saqué el teléfono y le mostré lo que Sofía había publicado en redes.
En la foto, dentro del salón reservado, la familia de Alejandro y la de Sofía aparecían juntas, como si fueran una sola familia.
En la imagen, Alejandro bajaba la cabeza para pelarle un camarón a Sofía, y ella inclinaba el rostro para tocarle la mejilla.
Estaban tan juntos que casi parecían pegados.
El texto decía: “Reunión de ambas familias. ¡El hombre que me ha apoyado económicamente todos estos años va a ser mi esposo!”
Sosteniendo el teléfono, lo miré:
—Qué bien saben aprovechar los recursos. El lugar que tardé una semana en elegir de repente se convirtió en el escenario de sus negociaciones matrimoniales.
A Alejandro se le cambió la cara y frunció el ceño.
—No sabía que había publicado eso. Ahora mismo la llamo para que lo borre. Además, seguramente se enteró de que estábamos hablando de la boda y lo publicó porque le dio curiosidad, sin pensarlo demasiado. Es solo una niña, ¿qué va a entender de estas cosas? Tú eres la mayor, deberías ser más tolerante y no tomarte todo tan a pecho.
Sonreí:
—¿Una niña de veintitrés años? ¿Por qué no la llamas mejor "bebé"?
Alejandro se pasó la mano por el pelo, con fastidio.
—Estamos a punto de casarnos y no quiero pelear contigo. Esta noche me voy al estudio. Cuando dejes de hacer berrinches sin motivo, regreso.
La puerta del dormitorio se cerró de un portazo y el estruendo despertó a mis padres.
Salieron asustados a preguntarme qué pasaba. Negué con la cabeza, los tranquilicé un poco y los mandé a descansar.
Al día siguiente me desperté temprano. Mis padres ya estaban en la sala y habían preparado el desayuno.
En la mesa había cebolla morada encurtida que habían traído de nuestro pueblo, mi favorita desde pequeña.
Alejandro salió del estudio con mala cara. Mis padres dudaron un instante, pero igual lo llamaron con entusiasmo para desayunar.
Sin embargo, él frunció el ceño al instante:
—¿Ustedes qué hacen aquí?
Su mirada recorrió la mesa y, al ver la cebolla encurtida, se tapó la nariz con asco.
—Y además, ¿qué es esa cosa tan repugnante? Toda la sala huele a esto. Esto es la capital, no su pueblucho. ¿No pueden tener un poco de educación y no traer cualquier basura a esta casa?
Mis padres se quedaron paralizados, sin saber dónde meterse. Mi madre se apresuró a retirar la cebolla de la mesa, tartamudeando:
—Lo siento, Alejandro. Pensé que a Valentina le encantaba desde pequeña, y la traje sin pensar. Ya la guardo, no te enojes...
En el apuro, uno de los tazones cayó al suelo y se rompió.
Mi madre se encogió asustada y miró de reojo la cara de Alejandro, sin saber qué hacer primero.
Mi padre se quedó en silencio, encorvado y tambaleante, y se agachó para recoger los pedazos.
No pude evitar que se me humedecieran los ojos.
En el pueblo, mis padres siempre habían mantenido la espalda recta y firme.
Cuando alguien los felicitaba por mis logros, no podían ocultar el orgullo: se les iluminaba la cara y se erguían, aunque con la boca decían "no es para tanto" y movían la mano con cortesía.
Pero desde que empecé a salir con Alejandro, siempre se comportaban con cautela.
No aceptaban el dinero que les mandaba, diciéndome que lo guardara para comprarle regalos a los padres de él, para que no me menospreciaran.
Cada vez que volvía a casa, no me dejaban comprar nada, sino que al despedirme me llenaban de productos típicos para que se los llevara a sus padres.
Incluso cuando sus padres los dejaron plantados, no se atrevían a enojarse, solo temían que yo sufriera después.
Me acerqué, los detuve y, con la voz ronca y entrecortada, les dije:
—Papá, mamá, ustedes siéntense a comer. Yo limpio esto. Y la cebolla no la guarden, a mí me gusta.
Quisieron ayudar, pero los senté firmemente en la mesa.
Alejandro se dio la vuelta y al verme, se quedó tieso un momento, y luego balbuceó:
—No quise decir eso. Tengo rinitis. No soporto los olores fuertes, ya lo sabes.
No le hice caso. Me limité a recoger los pedazos de cerámica del suelo y tirarlos a la basura.
Alejandro me siguió a todos lados, con la boca abierta, como si quisiera decir algo, pero yo hice como que no lo veía.
Después de comer, pensaba llevar a mis padres a recorrer algunos lugares turísticos cercanos, pero recibí una llamada de la empresa.
Había un problema urgente con el proyecto que estaba a mi cargo.
Alejandro se ofreció:
—Tú ve a trabajar. Yo acompaño a tus padres a dar una vuelta. Total, hoy no tengo nada en la oficina.
Lo miré. Alejandro desvió la mirada, incómodo:
—Lo de antes estuvo mal de mi parte, todavía estaba enojado por lo de anoche. Después de que nos casemos, tus padres también serán mi familia. Tranquila, los voy a cuidar bien.
Pensando que mis padres se irían conmigo en tres días y que no podía hacer que todo ese viaje fuera en vano, al final acepté.
Cuando terminé el proyecto, la luna ya estaba alta.
Iba a llamar para preguntar cómo les había ido, cuando el teléfono vibró.
Al contestar, escuché la voz llorosa y desconcertada de mi madre:
—Valentina, ven rápido al hospital. Tu padre se lastimó y está inconsciente...
Sentí que algo explotaba dentro de mi cabeza. Al levantarme, casi perdí el equilibrio.