No esperaba volver a ver a Alejandro.
Y mucho menos, que apareciera en ese estado.
Llevaba un bastón y un abrigo largo, pero ya no quedaba ni rastro de la elegancia y el porte que lo habían caracterizado.
Estaba tan delgado que los pómulos se le marcaban, dándole a ese rostro antes atractivo un aspecto casi sombrío.
Al verme, dio dos pasos hacia mí con emoción, apoyado en el bastón.
Tenía los ojos brillantes y, al hablar, la voz le salió ronca:
—Valentina... Sofía no tuvo nada que ver con aqu