Amara
Su boca devoró la mía con una urgencia que no dejaba lugar a dudas. No era un fiel devoto, sino un hombre hambriento.
Me besó con crudeza, empujando su lengua en mi boca para que probara mi propio sabor, mi propio néctar mezclado con su saliva. Sabía la prohibida, a la promesa de una condena eterna que yo estaba dispuesta a aceptar con gusto.
Me aplastó contra el suelo de madera con su fuerte cuerpo. Gemí en su boca al sentir cómo frotaba su glande húmedo sobre mi coño sensible.
—Abrete m