Amara
La orden de Caden quedó suspendida en el aire viciado del confesionario.
«Muéstramelo»
No era una petición. Era una órden.
La única parte prudente de mí, moldeada por años de catecismo y recato, gritó que corriera, que me santiguara y huyera de esa locura.
Pero mi cuerpo… era un traidor.
Mi cuerpo reconoció la autoridad en su voz no como la de un sacerdote, sino como la de un amo, y respondió con obediencia ciega.
Caden no se movió.
Permanecía allí, una torre oscura bloqueando la sali