Capítulo siete: Preguntas sin respuestas.
Austin me sonrió con suficiencia.
―Muy bien ―carraspeé―. ¿Nos conocimos en primaría?
―No.
Esperé, esperé y esperé, pero no dijo más. No me corrigió ni me informó sobre el lugar y ocasión en la que nos conocimos. Solo un simple: no.
Su sonrisa se ensanchó. Caí en cuenta de la trampa empresarial. Lo que llamaríamos “letra chiquita”. Yo solo le dije que tenía que responder mis preguntas y como condición debería iniciar primero. No le pedí que fuese específico, que me diera detalles, que menci