Eran las doce del mediodía, Daniel se había perfumado, se había puesto su mejor traje, y se había peinado como lo hacia antaño cuando era el fiel esposo de Elena Mikaelson.
En aquella junta que con su padre y los socios de la cadena de hospitales había tenido, había sido terminante. El no estaba desempeñando un buen trabajo al frente de la compañía, y la incursión de aquel hospital del que Elena era dueña los había puesto en una mala posición; habían perdido clientes importantes, y los inversi