La celda de máxima seguridad estaba fría y oscura, iluminada apenas por un parpadeante tubo fluorescente que emitía un zumbido constante. Alejandro Vitali estaba sentado en el borde de una litera de metal, sus manos apretadas en puños mientras su mandíbula se tensaba con furia contenida. Llevaba el uniforme anaranjado de los reclusos, un recordatorio humillante de la caída que había sufrido. Todo a causa de Massimo Agosti.
—¡Maldito! —murmuró entre dientes, golpeando la pared de concreto con la