El caos se había desatado en el enorme salón de conferencias. Voces y flashes de cámaras se mezclaban en un estruendo ensordecedor mientras los guardias de seguridad escoltaban a Massimo fuera del recinto. El hombre mantenía la cabeza erguida, aunque la sombra de la traición y la humillación pesaba en sus hombros como una losa. Los murmullos de los periodistas y el público resonaban con un eco mordaz, cada palabra era un dardo en su orgullo.
—¡Massimo, ¿qué tienes que decir al respecto?! —gritó