[…]
─Es que… ¡Dios! ¿en serio, lo olvidaste? ─me reprende. Enjuga su cara entre sus manos con demasiada indignación y me vuelve a fulminar con la mirada.
─No lo olvidé, Sam ─me tiro en su sofá ─, pero tampoco puedo tiritar en ese asunto el resto de mi vida. Ricardo me pidió disculpas por todo lo que pasó, y yo hice lo mismo.
─Verónica, ¿qué te está haciendo ese madurito? ─me lanza un cojín. ─ ¡Madre divina!, te ha doblegado. La Verónica que conozco NUNCA ─volvió a remarcar después de unos