62. Ansiedad
Roberto Abad Rocamonte
Subí al segundo piso y me dirigí directo al consultorio de Ana. Si alguien podía decirme algo, era ella.
La asistente, una muchacha joven de sonrisa ensayada, levantó la vista apenas me vio.
—Buenos días, señor Rocamonte. ¿Tiene cita?
—No. Pero necesito hablar con la doctora Ana Lago —respondí con tono seco, el que usaba cuando no quería que me llevaran la contraria.
La chica vaciló.
—Lo siento, señor. La doctora no puede atenderlo. Según el sistema, usted ya está asign