El único vestido que había conservado de mi separación con Adam fue uno rojo fuego de satén. Era mi favorito, elegante y sensual.
Decidí usarlo para la cena en la mansión.
El auto llegó a recogerme a eso de las siete y media.
Era la primera vez que la mansión la veía llena de personas, todas vestidas de gala, con sus costosísimos vestidos hecho a la medida.
Entre los invitados encontré a Roberta, la rubia con la que Adam estaba saliendo en esos días. No entendí el por qué Adam me había invitado