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CAPÍTULO 37 — El secreto que lo cambia todo

La mansión se sintió inmensa y silenciosa en cuanto Ethan salió. Me quedé de pie junto a la ventana, viendo cómo su coche desaparecía entre la nieve, con el corazón encogido en el pecho. Cada minuto que pasaba sin él se hacía eterno, y mi mente no dejaba de dar vueltas sobre lo que su tío podría revelarle, sobre qué verdad era tan terrible que amenazaba con destruir todo lo que habíamos construido. Intenté ocuparme en algo: ordenar la biblioteca, revisar algunos documentos de la editorial, pero no podía concentrarme. Aquellas palabras del mensaje volvían una y otra vez a mi mente: "Si no vienes, le diré la verdad a tu esposa." ¿Qué me ocultaba? ¿Había algo en su pasado tan oscuro que no se atrevía a contármelo?

Pasaron las horas y el sol empezó a ocultarse, tiñendo el cielo de un gris violáceo. Cuando por fin escuché el motor de su coche, salí al vestíbulo de inmediato, con las manos entrelazadas con fuerza. Ethan entró despacio, sin abrigo, con el cabello revuelto por el viento y la mirada perdida, tan pálido que me asusté de verdad. Al verme, no se acercó para abrazarme como siempre hacía. Se quedó de pie, a unos pasos de distancia, con la cabeza baja, como si cargara un peso demasiado grande para sostenerlo solo.

—¿Qué pasó? —pregunté con voz temblorosa—. ¿Qué te dijo?

Él respiró hondo, como si le costara cada palabra, y alzó la vista hacia mí. Sus ojos estaban rojos, no de llanto, sino de algo mucho más profundo: dolor, vergüenza, un sufrimiento que parecía haberlo consumido durante años.

—Me dijo la verdad sobre la muerte de mi padre —empezó, con voz baja y ronca—. Lo que nadie se atrevió a decirme cuando ocurrió. Lo que ocultaron durante todos estos años.

Se hizo un silencio pesado entre los dos. Yo me acerqué despacio, sintiendo que el suelo se movía bajo mis pies. —¿Qué verdad, Ethan? Dime, por favor. Lo que sea, lo enfrentamos juntos.

Él cerró los ojos un instante, como si le costara admitirlo incluso para sí mismo. —Mi padre no murió de un infarto, como me hicieron creer. Fue asesinado. Y… —se detuvo, tragó saliva con dificultad y siguió, con la voz quebrada— y yo estuve ahí esa noche. Recuerdo fragmentos, imágenes borrosas, gritos, el sonido de algo cayendo al suelo… pero no recuerdo qué pasó realmente. Mi tío dice que yo fui quien lo hizo.

Las palabras cayeron entre nosotros como un rayo. Di un paso atrás, sintiendo que me faltaba el aire. —¿Qué… qué estás diciendo?

—Dice que esa noche discutimos —continuó él, con desesperación—. Que hubo empujones, que yo lo empujé por las escaleras y cayó y murió. Que mi tío lo vio, pero calló durante años por miedo… y ahora lo usa para chantajearme. Dice que si no le entrego el control de la empresa, irá a la policía y contará todo. Y si lo hace… todo se acaba. Mi reputación, la empresa, nuestra vida… todo.

—Pero… ¿es verdad? —pregunté, con lágrimas que empezaron a caer sin que pudiera detenerlas—. ¿Tú lo recuerdas así?

—No lo sé —gritó él, desesperado, pasándose las manos por el cabello—. No lo sé, Lía. Tengo recuerdos fragmentados, confusos. Recuerdo estar en la escalera, recuerdo su voz gritándome, recuerdo el sonido… pero no sé si lo empujé o si fue él quien cayó. Mi mente bloqueó el resto. Y ahora él viene después de años y dice que yo soy un asesino.

—No te creo —dije, acercándome y tomándole las manos con fuerza—. No creo que seas capaz de eso. Conozco tu corazón, Ethan. No eres un hombre que lastima a sangre fría.

—¿Lo conoces de verdad? —preguntó él, con amargura—. ¿Qué sabes de mí, Lía? ¿Sabes lo que era de niño? ¿Sabes lo que me enseñó mi padre? Que la fuerza es lo único que importa, que la debilidad se paga cara… ¿Y si en medio de esa pelea, lo peor de mí salió? ¿Y si realmente fui yo?

—Entonces lo averiguamos —respondí con firmeza, mirándolo a los ojos—. No aceptes lo que él dice sin pruebas. Buscamos la verdad, sea cual sea. Pero no te condenes tú mismo antes de saberla. Y no te alejes de mí. No ahora.

Él me miró, y por primera vez vi en él algo que me partió el alma: miedo. Miedo a sí mismo, miedo a perderlo todo, miedo a que yo lo mirara con asco. —Si es verdad… si realmente lo hice… entonces no merezco que estés aquí. No merezco nada de lo que tenemos. Deberías irte, Lía. Antes de que te arrastre a mi infierno.

—¿Irme? —solté sus manos y lo miré con determinación—. ¿Crees que me iré porque las cosas se pusieron difíciles? ¿Crees que te elegí solo para los días buenos? Pues no, Ethan. Te elegí a ti, con tu pasado, tus sombras y tus secretos. Y si hay una verdad que descubrir, la descubrimos juntos. Si hay un peligro, lo enfrentamos juntos. Pero no me digas que me vaya. No me quites la decisión a mí.

Se quedó callado, con el pecho subiendo y bajando con fuerza, y de pronto se dejó caer en el sofá, escondiendo el rostro entre las manos. Me senté a su lado y lo abracé, dejando que apoyara la cabeza en mi hombro, dejando que soltara todo lo que llevaba guardado. No lloró con sollozos ruidosos. Lloró en silencio, con el cuerpo temblando, como si estuviera rompiéndose por dentro. Y yo lo sostuve, porque en ese momento no era el millonario frío que conocí al principio. Era un hombre herido, asustado, cargando con un secreto que lo había estado consumiendo durante años.

—¿Qué haremos? —susurró contra mi hombro—. Si voy a la cárcel… si todo se destruye…

—Primero averiguamos la verdad —le dije con calma—. No aceptes la versión de tu tío como si fuera un hecho. Él quiere algo de ti, y lo está usando para conseguirlo. Puede que mienta. Puede que exagere. O puede que haya más detalles que no te está diciendo. Vamos a buscar la evidencia, a hablar con testigos, a ver qué pasó realmente. Y mientras tanto… seguimos adelante. No dejamos que él nos destruya antes de tiempo.

Ethan levantó la cabeza y me miró, con una mezcla de gratitud y asombro en la mirada. —¿Por qué no te vas? ¿Por qué te quedas conmigo ahora que sabes lo que soy?

—Porque te amo —respondí sin dudar—. Y el amor no se va cuando llegan las tormentas. Se queda y sostiene la mano del otro hasta que pasan. Lo que seas, lo que hayas hecho o no hayas hecho… no cambia lo que siento por ti. Y si hay un precio que pagar, lo pagamos juntos.

Me besó entonces, con un beso lleno de lágrimas y de desesperación, pero también de una promesa silenciosa: no me dejará solo. Y en ese instante, supe que nada volvería a ser igual. El contrato, la deuda, el matrimonio de conveniencia… todo eso se había quedado muy atrás. Ahora éramos dos personas enfrentadas a algo mucho más grande que nosotros mismos, algo que podía destruirnos… o unirnos para siempre.

Esa noche no dormimos separados. Nos acostamos abrazados, como si temiéramos que el mundo se desmoronara si nos soltábamos. Y mientras él dormía, por fin tranquilo después de horas de angustia, me quedé mirándolo, pensando en todo lo que venía. Su tío no se detendría. Había amenazas, secretos, un pasado oscuro que volvía para cobrarse su precio. Pero también estaba yo. Y no dejaría que nadie, ni su familia ni sus demonios, le quitaran todo lo que habíamos construido.

La guerra no era solo por la empresa o el dinero. Era por la verdad. Era por él. Era por nosotros. Y estaba dispuesta a luchar con todo lo que tenía, aunque no supiera todavía qué tan alta sería la apuesta.

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