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CAPÍTULO 24 — El brillo de un sueño propio

La mañana entró suave por los ventanales de mi estudio, ese espacio que Ethan me había regalado y que ya empezaba a sentirse como la parte más importante de nuestra casa. Me senté frente al escritorio de madera clara, con las manos sobre la superficie lisa, y respiré hondo. A mi alrededor, las estanterías esperaban libros, las paredes esperaban ideas, y yo… yo esperaba empezar algo que fuera mío, completamente mío, sin deudas, sin tratos, sin condiciones. Solo yo, mis sueños y el futuro que por fin podía elegir.

La puerta se abrió despacio y Ethan asomó la cabeza con una taza de café humeante en la mano y esa sonrisa suave que solo él sabía darme. Entró sin hacer ruido, dejó la taza a mi lado y se quedó de pie un momento, mirándome con una expresión de pura admiración, como si estuviera viendo algo maravilloso.

—¿Sabes? —dijo, apoyándose en el borde del escritorio—. Nunca te vi tan hermosa como ahora. No por cómo te ves, que eres perfecta. Sino por cómo brillan tus ojos. Cuando entraste a mi despacho aquel día, tenías miedo. Estabas dispuesta a sacrificarte por tu familia. Ahora te veo y ya no hay miedo. Hay luz. Hay esperanza. Y es lo más hermoso que he visto en mi vida.

Me levanté y lo abracé, sintiendo su calor, su fuerza, su presencia constante que ya formaba parte de mi respiración. —Tú me diste el lugar para brillar —le dije—. Tú me devolviste la confianza en mí misma. Sin ti, sin tu apoyo, sin tu amor, no estaría aquí. No sería quien soy.

—No me des el crédito a mí —respondió, besándome la frente—. Tú siempre tuviste esa luz. Yo solo aparté las sombras para que pudieras brillar. Y ahora quiero ver cómo iluminas todo lo que tocas.

Ese día, escribí la primera página de mi proyecto. No era una novela, no era un contrato: era un plan para una editorial pequeña, un lugar donde los autores nuevos tuvieran espacio, donde las voces que nadie escuchaba pudieran ser leídas. Lo escribí con el corazón en la mano, con cada palabra llena de todo lo que yo había vivido: la pérdida, el miedo, el amor, el renacimiento. Ethan entró varias veces, pero nunca interrumpía. Solo me dejaba agua, fruta, una nota escrita a mano, y se iba en silencio, respetando mi espacio, mi tiempo, mi creación.

Por la tarde, cuando bajé al salón, lo encontré hablando con Mariana. Al verme, ambos se callaron y me sonrieron, y sentí una calidez en el pecho al verlos así: tranquilos, cómodos, empezando a ser madre e hijo poco a poco, sin prisa, sin exigencias. Ella se levantó y vino hacia mí con una sonrisa suave.

—Estaba diciéndole a Ethan que tu idea es maravillosa —me dijo—. Una editorial para autores nuevos… es algo que el mundo necesita. Y tú eres la persona perfecta para hacerlo. Sabes lo que es empezar desde cero. Sabes lo que es luchar para que te escuchen. Eso vale más que cualquier título universitario.

—Gracias, Mariana —respondí, sintiendo que sus palabras me llegaban al alma—. Aún no sé si lograré que funcione. Pero voy a intentarlo con todo lo que tengo.

—Lo lograrás —dijo Ethan, tomándome la mano—. Porque no lo haces por dinero ni por poder. Lo haces con el corazón. Y cuando algo nace del corazón, tiene su propia fuerza para salir adelante.

Los días siguientes fueron una mezcla de emoción y nervios. Me sentaba horas en mi estudio, investigando, planeando, escribiendo, y cada vez que me bloqueaba o sentía que no podía, miraba hacia el jardín donde Ethan y yo habíamos plantado las rosas, y recordaba lo que él me había dicho: despacio, pero con fuerza. No tenía que hacerlo todo hoy. Solo tenía que dar un paso más. Y así, poco a poco, el proyecto tomó forma.

Una noche, mientras cenábamos los tres, Mariana nos contó algo que nos dejó sin palabras. —Yo también siempre quise tener un lugar así —dijo, mirándome con brillo en los ojos—. Antes de casarme con tu padre, Ethan, escribía. Poemas, cuentos… nunca se los mostré a nadie. Él decía que era una pérdida de tiempo. Que una mujer de mi posición no debía dedicarse a eso. Los guardé en una caja y los olvidé. Hasta ahora.

—¿Todavía los tienes? —preguntó Ethan, inclinándose hacia ella con interés genuino.

—Creo que sí —respondió ella—. Están en una casa donde viví hace años. No sé si siguen ahí. Pero si los encuentro… ¿crees que alguien los leería?

—Yo los leería —dije de inmediato—. Y si tú quieres, podemos publicarlos en tu editorial. Juntas. Sería nuestro primer proyecto.

Mariana se quedó callada un instante, y luego sus ojos se llenaron de lágrimas, pero de alegría, de esa alegría que nace cuando algo que creías perdido vuelve a ti. —¿De verdad? ¿Me dejarías formar parte?

—No te dejaría —corregí con una sonrisa—. Te invito. Porque esto no es solo mi sueño. Es de todos los que alguna vez tuvieron que esconder lo que amaban por miedo a lo que dirían. Es tuyo, es mío, es nuestro.

Ethan apretó mi mano por debajo de la mesa, y cuando lo miré, vi en sus ojos un orgullo tan grande que casi me quema. —Esto es lo que siempre quise para ti —me dijo después, cuando nos quedamos solos en el porche—. Que tuvieras un lugar donde ser tú. Donde nada te detuviera. Y mira lo que estás haciendo: no solo construyes tu sueño, sino que le das espacio a ella también. Eres increíble, Lía. No solo salvaste mi vida. Estás ayudando a sanar la de todos los que te rodean.

—No hago nada especial —respondí, apoyando la cabeza en su hombro mientras mirábamos el jardín—. Solo creo que todos merecemos una oportunidad. Tú me diste la mía. Yo solo quiero pasarla adelante.

Esa noche, antes de dormir, abracé a Ethan y le dije algo que llevaba días pensando. —Sabes, cuando acepté casarme contigo, pensé que mi vida había terminado. Que estaba vendiendo mi futuro por un año de tranquilidad para mi familia. No sabía que en realidad estaba empezando algo mucho más grande. Mucho más hermoso. Mucho más eterno.

Me abrazó con fuerza, pegándome a su pecho, y sentí su corazón latir contra el mío. —Yo creía que te estaba comprando —susurró—. Pensé que firmaba un papel y que eso era todo. No sabía que en realidad me estaba comprando a mí mismo una vida. Una familia. Un amor que no tiene fin. Tú me salvaste a mí, Lía. Y nunca podré agradecértelo suficiente.

—Entonces no me lo agradezcas —respondí, besándolo despacio—. Solo ámame. Y camina a mi lado. Y eso será suficiente para siempre.

Y mientras la luna iluminaba nuestro jardín y las rosas que habíamos plantado empezaban a abrirse, supe que el futuro no era un lugar al que íbamos, sino algo que estábamos construyendo juntos, cada día, con amor, con esperanza, y con la certeza de que nada de lo que valía la pena se perdía para siempre. Solo esperaba su momento. Y nuestro momento… por fin había llegado.

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