La lluvia no había parado cuando salimos del hospital.
Caía de forma constante, como si el cielo mismo entendiera que algo irreversible había comenzado. El silencio en el coche era más pesado que antes, y todavía podía oír las palabras de William resonando en mi mente una y otra vez.
“Deberías tener cuidado… perder cosas duele.”
Mis dedos se apretaron en mi regazo.
Odiaba lo tranquilo y peligroso que había sonado.
Odiaba lo seguro que parecía.
Pero, sobre todo, odiaba que no estuviera equivocad