Sin visitas, sin llamadas telefónicas, no había tarjetas de cumpleaños ni de Navidad para Elva.
No era la primera vez que me ignoraba, pero esta vez las circunstancias eran muy diferentes. Estaba cuidando a su hija, la que ella había estado tan desesperada por rescatar cuando me llamó.
No estaba segura de si la organización clandestina la había capturado o si ella sólo quería que yo le quitara su responsabilidad.
Ella no estaba muerta. Eso lo sabía. Como gemelas, compartíamos un vínculo.