Corrí y corrí, dejando que mi loba me guiara. Nicolás, en su forma de lobo, permaneció cerca de mí, sólo unos centímetros detrás. Si giraba a la izquierda, él me seguía en un instante. Si me movía a la derecha, él estaba allí. Me estaba dejando liderar, pero permaneciendo lo suficientemente cerca como para evitar que cayera si me perdía.
Hacía mucho tiempo que no me sentía tan libre. De esta manera, era una persona nueva, una con la naturaleza, moviéndome entre la hierba y bajo las estrellas