Él era mi faro, guiándome de regreso a la orilla, a salvo a través de aguas tumultuosas.
Entré en él y caí en su pecho. Sus brazos me rodearon por instinto. Gentilmente, me llevó de regreso a la habitación de la que había salido, y me alejó del pasillo donde cualquiera podría habernos encontrado.
“Oh, mierda”, murmuró Julián. “No es lo que parece, lo juro”.
Los brazos de Nicolás me rodearon, protectores pero suaves, tratándome como si estuviera hecho de vidrio. Sin embargo, su voz