“Nicolás”.
Estaba soñando. Debí estar cerca de despertarme para estar tan lúcida.
Me paré en mi antigua habitación de la Academia. Nicolás estaba de espaldas a mí, con la mano en la manija de la puerta. Una familiar oleada de temor estaba creciendo en mi estómago. Un dolor físico sordo descansaba detrás de mis costillas.
Este fue el momento en que rompí con él.
“Perdóname”, dije.
“Guárdatelo”. Su voz era áspera. Lo lastimé, pero él no quería admitirlo. No me dejó ver.
“Nick, por favor...”.