Sylvana le dedicó una sonrisa al guardaespaldas, para después caminar con paso seguro y un rostro enojado hasta que Egan.
– ¡Estás loco de remate si harás esto en verdad! –Sylvana se atravesó entre Katya y Egan, extendiendo sus brazos como cuando era una niña y no permitía a Egan ver la televisión–. ¡Egan Alessandro Caruso, te lo advierto…!
– ¡Sylvana! –Rugió Elian–. Vete de aquí, esto no te incumbe.
Egan miró con severidad a su prima. – Sé que eso que tienes en tu mano es la belladona, dámela.