Sobre la cama y, refugiada en sus sábanas, Samantha llora desconsolada. Le duele, le quema y le martiriza la confesión de Adam.
—¡Es tan injusto que tenga que sufrir esto ahora! —grita airada—. Me fuiste infiel cuando yo te estaba esperando, como la ingenua e ilusa que fui. ¡Maldito, Adam!
Golpea el colchón con ira.
—¡Te odio! ¡Juro que te odio! —vocifera entre llantos.
Le arde tanto esa traición. Saber que ella anhelaba volver a verlo y que lloraba por las noches su ausencia, mientras que él s