Los cuatro jóvenes llegan a un establecimiento pequeño, pero acogedor. Las paredes lucen un tono ambarino y el frente es de cristal, lo que permite a los transeúntes apreciar las vitrinas con las joyas en exhibición.
Ellos entran fascinados por lo bien que luce el negocio de los mellizos y se limitan a saludarlos con gestos, dado que los chicos están atendiendo a unos clientes.
—Creo que ellos mismos son su propia publicidad —susurra Legna a los otros tres con una sonrisa pícara—. Esas chicas se