Capítulo 40: Un cruel monstruo.
Amor, posesión. El deseo irrefrenable de tener a esa mujer para sí mismo. La obsesión que le generaba, la desesperación que sentía. Aquellos cabellos rubios que tomaba con brusquedad, aquella mujer debajo de el a la que tomaba sin piedad o remordimientos como un salvaje incapaz de frenar sus más bajos, oscuros y profundos deseos. La piel blanca se había enrojecido, y aquellas marcas de golpes y de arañazos, danzaban al ritmo del vaivén de sus feroces estocadas. Aquellos quejidos no eran de place