La luz de un nuevo amanecer hacía que el rio de aquel pueblo brillase como si fuese de diamantes. De a poco, las empedradas calles se iban llenando de gente que deseaba recorres sus viejos caminos o escuchar sus viejas leyendas. El trajín de los locatarios y el cantar de las bellas ves del lugar, hacían que aquel sitio se sintiera como en un cuento. Sin embargo, en una vieja y solitaria casona, el sonido de un látigo contra la carne expuesta rompía el silencio que casi aterradoramente se había