Los días transcurren y Gio es mimado por Katerina, quien lo cuida con celo y entrega.
—Ya estoy mejor, mi amor; descansa, muñequita —Él le acaricia el rostro con ternura.
—No quiero que hagas ningún esfuerzo hasta que te sanes, Gio —replica ella con el ceño fruncido mientras lo mira con desaprobación.
—Estás exagerando, solo me agaché a recoger las chanclas; si no me morí por el disparo, mucho menos por agacharme. —Él entorna los ojos.
Katerina se exalta al escucharlo y, con la voz temblorosa,