El camino había sido ameno, y aunque Antonella supiera cómo levitar y teletransportarse, en ese momento no era necesario. Nadie estaba detrás de ella, no había peligro que la acechase por los alrededores. La luz de la luna era generosa con ella y con su compañero. Su… ¿mate? ¡Rayos y centellas!, aún no se acostumbraba a pensar en él de esa manera.
La mirada de la pelirroja se mantenía hacia el suelo, observando sus pasos relajados y también dándose cuenta que solo una sombra podía reflejarse en