Sergio
Castro nos saluda con más formalidad de la que esperaría, no hemos cruzado el puente en el cual somos amigos íntimos, pero sí contrincantes que se respetan. Le da un beso en la mejilla a mi esposa y la abraza, luego nos felicita por nuestras nupcias y alaga la decoración navideña. Le ofrecemos algo de beber y ambos niegan con la cabeza.
—Sergio, viviendo en la casa de los papás a los 25 años, espero que nadie vote por ti —dice y estrecha su mano con la mía.
—¿A qué se debe el honor de