Capítulo 32. PRUEBAS
ANNE
Después de pasar a mi oficina por mi bolso y mi móvil, salgo y le doy indicaciones a la secretaria que me retiro por el resto del día. Las piernas me flaquean cuando las puertas del elevador se cierran frente a mí. Mi mano se va a mi pecho, intentando ignorar el corazón acelerado. ¿Cómo se me ha pasado algo tan grande? ¡Importante! ¡Anne-Lise! ¡Muy valioso!
—Mierda. Ruego que no. No... No está en mis planes.
Miro el reloj de mi brazo y apenas serán las once de la mañana. Tengo que pensar