10. Sin amor no hay gloria
—¡Despierta, Callie! —gritó alguien en mi oído, y dando tumbos, logré ponerme en pie. Me dolía la cabeza y los oídos me zumbaban.
—¿¡Ahora qué!? —respondí llevándome las manos a la cabeza. Era Shamsiel—. ¿Qué demonios haces aquí? —pregunté—. Si vienes a darme tus sermoncitos, no estoy interesada. Tengo dolor de cabeza y…
—Ya sé, ya sé, sucumbiste ante el elíxir de los dioses, pero no, no vengo a eso.
—¿Y ahora de qué se trata?
—Solo pasé a saludar, andaba por el rum