UN AQUELARRE.
UN AQUELARRE.
El bosque susurraba con una antigüedad que hacía que el tiempo pareciera detenerse, y cada paso que Lorenzo y Alekzander daban hacia el corazón del santuario de Izara estaba acompañado por el crujido de hojas y el murmullo de las criaturas ocultas. La luz del día luchaba por penetrar el dosel entrelazado, creando un crepúsculo eterno.
―Este lugar… es como si respirara ―murmuró Lorenzo, su mirada recorriendo los alrededores con asombro y cautela.
Alekzander asintió.
―La magia aq