El vuelo de Roma a Puglia transcurrió con una mezcla de silencio y palabras escasas. Néstor miraba por la ventana del avión, absorto en pensamientos que parecían más profundos de lo habitual. Camil, por su parte, tamborileaba los dedos contra el brazo del asiento, incapaz de ocultar su ansiedad. Ambos estaban nerviosos, pero no se lo decían en voz alta.
Sabían que el encuentro con Nair, a quien hasta hacía poco conocían como Sandy, sería un momento decisivo. La niña que habían acogido y criad