—¿Que ya saben qué? —pregunté —. ¿De qué demonios estás hablando, papá?
Mi padre apoyó las palmas de las manos sobre la mesa, inclinándose hacia adelante con una severidad que cortaba el aire como una cuchilla.
—Sabemos que el mismo día que trajiste a Zoe a esta casa para presentárnosla, te besaste con Zara en el jardín —confesó, con una decepción tan pesada en la voz que pareció hacer retumbar todo el comedor—. Estamos profundamente decepcionados de ti, Alexander. Tu madre y yo no te educamos