Aunque Claire subía las escaleras con aire sombrío, ninguno de sus padres notó nada extraño.
Y ella ya estaba acostumbrada: carecían de ese instinto innato de preocuparse por los demás. De hecho, nadie en la casa prestaba atención a su estado de ánimo, salvo Charlie.
Lo único en lo que Jacob y Elaine podían pensar en ese momento era en cómo aprovechar al máximo sus billetes para el viaje a las Maldivas, sin darse cuenta de que Claire tenía los ojos enrojecidos e hinchados de tanto llorar.
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