Charlie se rio entre dientes. “No necesito su favor y, además, no quiero que sepa de mi existencia”.
Luego agregó: “Además, esta píldora no es gratis. Viene con un precio”.
Helena curvó sus labios en una sonrisa pícara y dijo con una voz delicada: “Ya veo. Quieres que te ayude a venderle esta píldora”.
“Sí”. Charlie asintió y ordenó: “Quiero que me ayudes a vender la píldora. Cuando lo veas, saca la píldora, corta una décima parte para que la tome y, cuando sepa que funciona, puedes venderle