Clarisse se removió suavemente para acercarse más a esa fuente gélida que estaba debajo de ella. Un par de brazos fuertes rodeaban su cuerpo mientras su cabeza reposaba sobre un pecho que subía y bajaba apaciblemente.
—Debemos levantarnos o llegaremos tarde al trabajo —murmuró Soren con una voz somnolienta.
—Eres el dueño, puedes llegar cuando quieras —respondió la pelinegra sin siquiera abrir los ojos.
—Incluso yo debo cumplir con las reglas a veces.
—Te gusta romper las reglas.
—Vaya, te conf