―Muévanse, no quiero estar más tiempo cerca de este costal de huesos ―escupió la rubia. Esperaba con una mano en la cintura y una expresión de asco mientras veía cómo arrastraban a su sobrino.
―¿A… donde me…, me llevan…? ―apenas logró pronunciar el joven. Sus ojos que en otra relucían cómo dos perfectas esmeraldas, pero ahora carecían de luz― Pie-piedad…
―Alguien haga que cierre la boca ―mandó con fastidio y uno de sus hombres estrelló un puñetazo contra su rostro consiguiendo que botara sangre