Me aferré al áspero pelaje gris tormenta del enorme lobo bajo mí, hundiendo los dedos para no salir despedida. Nos movíamos a una velocidad que desafiaba la física, una mancha oscura cortando el aguacero.
Matteo no corría como un perro; corría como una locomotora. Cada zancada era una explosión de poder que me hacía rechinar los dientes. Saltó sobre el capó de un taxi, el metal chillando bajo sus garras, y aterrizó en la acera sin perder el ritmo.
La gente se dispersaba. Vi rostros deformados p