“Dime su nombre.”
La voz de Killian seguía siendo baja. No alzaba el tono. No estaba enfadado. Pero precisamente eso hacía que el pecho de Josselyn se sintiera oprimido.
Miró los fragmentos de vidrio en el suelo.
“Y-yo… no lo recuerdo, Su Alteza.”
Josselyn tragó saliva. Lo recordaba con claridad. Cómo gritaban su nombre con voces urgentes y ásperas. Y cómo, en cuanto aparecía, los objetos volaban hacia ella.
Sus mejillas amoratadas.
Su abdomen cubierto de hematomas.
Hasta aquel día en que despe