El agua caliente caía de la regadera como una cortina de vapor espeso, empañando los espejos de mi baño principal y disipando el frío gélido que la cena con Daniel había dejado en mis huesos. Desconectada del mundo, me sumergí en la tina, dejando que la espuma me cubriera hasta los hombros. Cerré los ojos, tratando de limpiar de mi mente las palabras despectivas de mi esposo, el peso de sus exigencias y la marca que sus dedos habían dejado en mi brazo.
BZZZ... BZZZ...
La vibración del teléfono