Gabriela se quedó boquiabierta, mientras Melanie estaba confundida y sin saber que contestar. El oficial le colocó las esposas a Gerald mientras le recitaba de memoria el código Miranda y lo sacaba del lugar.
—Tiene derecho a guardar silencio. Todo lo que diga puede ser usado en su contra. Tiene derecho a llamar a un abogado… —Gerald caminaba cabizbajo ante la mirada del resto de los empleados del sanatorio y de los pacientes.
—¡No, no se lleven a mi hijo! —gritó desesperada.— ¡Él es inocente