La rubia se aferra a la cintura del hombre grande incluso cuando este estaciona la motocicleta frente a su apartamento.
—Ya me puedes soltar. Llegamos —avisa, mirando sus manos aferradas a él, sintiendo cómo el calor se hace insoportable.
Tiene manos tan finas y pequeñas. Podría arroparlas con una sola mano suya.
—Q-Quiero a ir a mi ca-sa —tartamudea ella, sin moverse.
Dorian gira la cabeza para verla y niega lentamente.
—No.
—P-Pero, Dorian...
El pelinegro coloca sus manos en los puños d